No hay mejor descripción para la capital de Nicaragua que su propio significado en lengua náhuatl: “rodeada de estanques”. Situada en la orilla sur del gigantesco Lago Managua, en la época de la conquista española era una población indígena de pescadores. Afectada periódica y dramáticamente por su condición de epicentro sísmico (el último terremoto que la destruyó acaeció en 1972) hoy concentra casi un tercio de la población del país.

En una visita rápida a la capital, nunca conviene dejar de ver sus tesoros arquitectónicos, como la Vieja Catedral (destruida en 1972 y con su reloj detenido a la hora del seísmo) o la Nueva, de atrevidos colores. Uno de los pocos edificios civiles que sobrevivieron al furor de la tierra fue el Palacio Nacional de la Cultura y la gloria local, el poeta Rubén Darío, tiene en Casa Natal, Monumento Nacional desde 1943, un homenaje a la vida y obra del insigne literato.

Pero Managua, además de cultura, es gastronomía. La unión de la culinaria caribeña y la española dio lugar a una cocina criolla, creativa y variada, con el maíz como ingrediente emblemático. Otros productos locales son el jocote, el mango, el achiote o el pipián, además de la yuca o la papaya. Los platos más populares de Nicaragua son el gallo pinto (arroz con frijoles rojos), el nacatamal (maíz y manteca relleno con carne de cerdo o gallina), el indio viejo (carne de res desmenuzada con verduras), la sopa de mondongo y postres como la cajeta de coco o los buñuelos de yuca bañados en miel de caña de azúcar.

Si hablamos de restaurantes, para los amantes de la carne y la comida caribeña, Los Ranchos;  mientras que la cocina de corte francés tiene su sede en La Marseillaise. Quienes busquen la gastronomía popular y los platillos más típicos deberán acercarse a Los Antojitos y La Cueva del Buzo exhibe una cocina propia del Caribe.